Muchos restaurantes compiten por las mejores puntuaciones en las más afamadas guías culinarias y gastronómicas. Otros consiguen la inmortalidad por las excepcionales condiciones de su creador o, en fin, por tener algo más que un chef, ser algo más que un sitio novedoso y representar para sus clientes, algo más que un restaurante. Este último es el caso de Casa Leopoldo en Barcelona, capitaneado desde hace muchos años por una mujer muy especial: Rosa Gil.
En el núcleo mítico de Barcelona, late este establecimiento desde que lo inaugurara Leopoldo Gil en 1929, impasible ante los cambios coyunturales de un barrio que ha pasado de ser el más bohemio y pintoresco de la ciudad, a convertirse en un conglomerado de población que acoge a más de 40 nacionalidades diferentes. En toda su historia, el restaurante ha mantenido una más que bien merecida fama, por su trayectoria de rescate de la cocina tradicional en un nivel de alta calidad.
Calidad de sus productos, comprados a diario en el vecino mercado de la Boquería de la Ciudad Condal; calidad por su servicio, tan profesional como experto; calidad por el recetario, enraizado en las fórmulas de antaño, siempre suculentas y nunca pasadas de moda; y calidad por el ambiente, tan especial como el local, en el que se respiran las miles de historias y anécdotas allí vividas por toreros, cantantes, escritores, políticos, fugitivos, actores, cabaretistas…
Los abuelos de Rosa Gil -Leopoldo y Elvira- abrieron las puertas de esta casa de comidas que, como recuerda la propia Rosa, “no fue para crear un marco destinado a satisfacer los paladares exquisitos de la alta burguesía catalana, sino para mitigar los duros momentos de la economía precaria de la época, haciendo la única cosa que sabían hacer: dar bien de comer”.
Rosa Gil, hija y esposa de toreros, ha sabido mantener con desenvoltura la calidad del restaurante, aumentando su prestigio y recuerda siempre a su abuelo.- “Mi abuelo Leopoldo me explicó que el primer día de apertura sólo tuvo dos clientes, uno al mediodía y otro por la noche, pero resulta que ¡era el mismo!-.
Mis abuelos pensaron -y pensaron bien- que si el cliente había repetido, era señal que le había gustado!”.
De esta forma, inician la historia con la ilusión necesaria para hacer de Casa Leopoldo uno de los locales más conocidos del lugar. Desde su privilegiada ubicación (por aquel entonces), Casa Leopoldo dejó de ofrecer pronto la “cocina de supervivencia” para ser el refugio de artistas, actores y bohemios (que procedían tanto de Las Ramblas como del Paralelo), pero también en hogar de toreros y apoderados a los que se les servía ya por entonces deliciosos platos como el Rabo de toro estofado, la Liebre guisada y el Cap-i-pota. Sólo se cerraron las puertas de Casa Leopoldo una vez en su historia, en el año 1939. Un paréntesis pequeño pues reabrió a exigencia de sus fieles seguidores, que en los años 60 se ampliaron a los sectores intelectuales de la ciudad, conviviendo con los sectores de la pequeña burguesía.
“El restaurante empezó a ser la prolongación de los despachos de los nuevos empresarios, enriquecidos por la incipiente industria”, recuerda Rosa, quien por aquel entonces ya ayudaba a sus padres Rosa y Germán, a su tía Alicia y a su tío Vicente, continuadores de los abuelos. Pero llegando ya a los años 70, empezaron a poblar sus mesas escritores, periodistas y mentes inquietas como las de Joan Marsé, Maruja Torres y Eduardo Mendoza, aunque el más habitual era un Manuel Vázquez Montalbán enamorado del restaurante, como noveló cuantiosas veces. “Casa Leopoldo era La Meca gastronómica de un barrio sin otros puntos cardinales gastronómicos que las aventuras de hambres y saciedades de los personajes de las publicaciones infantiles de posguerra. Era uno de los territorios escogidos para citas de personajes sensibles al placer de comer y beber, predispuestos a sorprenderse ante la opulencia de las bandejas de pescados y mariscos que ofrecía Germán a una clientela tan adicta como entregada a su inspiración de maître, heredero de una tradición restauradora y uno de los catalanes más expertos en cante jondo y tauromaquia”, (Historias de padres e hijo. Manuel V. Montalbán).
No hacen falta más palabras que las de quien fuera el mejor cliente de esta casa que hoy acoge a todo tipo de clientes, “desde anarquistas a nacionalistas, banqueros y empresarios”, según explica una orgullosa Rosa Gil.
Orgullosa porque sabe que sus clientes la adoran como ella los adora a ellos, demostrándolo en un recetario suculento, con el pescado y el marisco al frente y seguidos por los guisos y las carnes, en recetas como el Revuelto de setas y gambas, la Tortilla de chanquete, las Setas de temporada salteadas con butifarra, el Rabo de buey estofado, las Albóndigas con sepia y gambas, las Manitas de cerdo con setas, el ‘Cap-i-pota’, la Cazuela de pescado, o los distintos pescados salvajes con todo su genuino sabor,etc... Una bodega adecuada -más de un centenar de referencias- y un servicio de sala cálido, cercano y sobre todo muy profesional, completan el escenario que propone Casa Leopoldo para un encuentro grato.
Orgullosa también, porque sabe que sobrevivir en una ciudad tan "gastronómica como" Barcelona y hacerlo entre los mejores no es tarea fácil, y menos con una cocina clásica, tradicional, que sin embargo se demuestra perdurable.